: Y sucedió en un autobús…
por: Alejandra P. PalafoxUn viaje puede tener un universo infinito de significados: una tortura o un gran placer; la perfecta ocasión para explorar lugares o hacer introspección; una rutina o el acontecimiento de toda una vida y por supuesto, en muchos casos, la maravillosa oportunidad de despertar el espíritu infantil del que difícilmente un ser humano se despoja totalmente. Entonces, tienen lugar las preguntas que bajo otras circunstancias carecerían de sentido.
El recorrido de Ciudad Guzmán al Distrito Federal duró poco más de nueve horas. Recargada en la ventanilla del autobús en marcha, durante la larga y negra noche: muchos pueblos que distinguí sólo como enjambres de lucecitas anaranjadas. Comencé a divagar y es que, cuando no son rutina, los recorridos hacia lugares lejanos despiertan una deliciosa impaciencia, resultado de la incertidumbre por la prisa de vivir lo que tendrá que suceder cuando se llegue al destino.
En el andén catorce de la nueva central camionera en Ciudad Guzmán, a las once de la noche de aquel día, dos jóvenes vestidos de negro se despedían de un señor que –supuse- era su papá. Una mujer sujetaba a dos niños inquietos mientras documentaba dos cajas grandes de cartón y tres maletas. Al principio, los dos niños una y otra vez, corrían a lo largo del estrecho pasillo del autobús, sin que la madre se percatara que sus críos despertaban la molestia de los demás pasajeros. Los jóvenes de negro, sentados atrás de mí, platicaban detalles inconexos: acudirían a un funeral.
Eran las tres de la mañana y el movimiento oscilante del autobús sobre la carretera, la mala postura y los ronquidos de un pasajero me despertaron. En ese instante, desde la ventanilla a lo lejos vi un pueblo, del cual no supe el nombre.
Me hice cuestionamientos que sólo despierta el ocio que acompaña al insomnio. ¿Qué estaría pasando en aquellos lugares? Imaginé no sé cuántas historias. Tanta gente que trabaja de noche… pandilleros en los barrios bajos… ‘niños bien’ de fiesta y aún sin regresar a sus casas… ¿Para cuántas personas esa noche definía su vida? Y mientras, la mayoría, acostados sobre una cama confortable, en medio de un profundo sueño.
De repente, desde aquel asiento en ese camión en el que viajaba, me sentí parte de un todo: en un lugar y a la vez en todos. Sentí la simultaneidad que es y existe. El pasajero que roncaba fuerte me ubicó de nuevo y me sentí ridícula. Le eché la culpa al insomnio y dejé de soñar y de pensar como si fuera niña. Eran casi las siete de la mañana. ¿Los choferes que a diario recorren el mismo trayecto aún tienen esa capacidad de asombro?
Después de los últimos 22 kilómetros – recorridos en más de noventa minutos- el autobús llegó a la terminal del norte y otra odisea estaba a punto de comenzar.
Después de todo, el físicamente agobiante trayecto fue positivo. Con la claridad del día, las imágenes fantasmales de las historias que imaginé se disiparon como la madrugada que se hacía mañana. Si por algo valió la pena el viaje fue por esa pueril reflexión que me condujo a imaginarme historias que alguna vez, querido lector, lectora, espero poder plasmar en palabras.
1 de Junio de 2006 a las 17:10
Fantástico. Ale felicidades por tu columna, es un deleite leer tus columnas.
Esperaré las siguientes historias de autobús, que imagino son bastantes.
2 de Junio de 2006 a las 11:59
El diálogo con nuestra alma es el mejor camino para descubrir esa esencia que los seres humanos tenemos, cual tesoro que debería servir para la convivencia y fraternidad entre las personas, que, finalmente, si somos un todo que casi siempre neciamente ignoramos.
14 de Junio de 2006 a las 17:17
Gracias Martha por el comentario, por supuesto que espero con el tiempo y un poco de calma escribir historias como las que aquel día imaginé…
Efrén, de acuerdísimo con tu reflexión… pocas son las veces en las que aceptamos que sólo somos pequeñas partes de un todo… nos hace falta tiempo, cabeza y sensibilidad para aceptar un hecho tan real como ese.
20 de Diciembre de 2009 a las 20:16
Me llamó la atención el tema y me imbuí en tu columna, gracias por escribirla y permitirnos a algunos el gusto de saber que hay alguien que tiene sensaciones y pensamientos muy similares en circunstancias como viajar en autobús. Yo siempre he creído que viajar en autobús nos permite un diálogo interno que puede tener tintes terapéuticos, el simple hecho de sentir el movimiento del autobús en carretera ya nos lleva a sentir una especie de libertad muy distinta a la que experimentamos cuando viajamos en coche, conduciendo, es un privilegio, se puede decir, que nuestros pensamientos cuenten con esa libertad y confort mientras los postes y poblados se desplazan a 95 km por hora. La parte de tu escrito que más compartí contigo es esa donde te imaginas lo que la gente como uno o la diferente a uno, por los motivos que sean, está viviendo en esos momentos en su ambiente, en su casa, en su historia personal, mientras tú pasas fugazmente y por un instante por su vida sin que ellos se den cuenta, yo he soñado en algún momento de mi vida y viajando en el camión que éste se desompone, tenemos que bajar unos instantes y eso me cambia la vida, conozco a la mujer de mis sueños, me enamoro y me quedo a vivir en ese poblado, por decir algo, pero lo más fuerte que he vivido y que tiene más qué ver con mi vida que con mis fantasías es la interlocución con mis “yo´s” con quienes defino algunos puntos cruciales de mis decisiones sobretodo emotivas y confieso que algunas veces viajando en el autobús he experimentado claridad sobre mis emociones hacia mis seres queridos. No sé si ayude el mismo hecho que estás viajando, el movimiento del vehículo, la distancia de por medio o simplemente es que te ayuda a meterte adentro de tí y te lleva a enfrentar situaciones que de otra manera no haces un alto para confrontar y decidir sobre cosas realmente importantes pero que sobretodo tienen que ver con el alma. Definitivamente viajar en autobús es muy distinto del viaje en avión o del viaje en automóvil, incluso el tren creo que pierde cierta magia y privacidad, viajar en autobús, con todo y los inconvenientes que representa, creo que te puede dar unos momentos para tí solit@ y tu alma. Tal vez de vez en cuando uno lo deba hacer para darle esa sensación a nuestra vida de libertad en la carretera a una velocidad segura y sabiendo que en la próxima curva nuestra vida retome el rumbo que siempre quisimos darle y en sus vaivenes se mezca el alma.