: Una aproximación al génesis de una religión en la región Sur
por: Fernado G. CastoloEn la región Sur de Jalisco es poco lo que se sabe sobre las costumbres y tradiciones paganas en los pueblos precortesianos; el interés tan somero de los historiadores y funcionarios relatores en torno a estos temas dejaron como resultado que no se adviertan de manera precisa los rasgos que nos puedan señalar la vida diaria en la familia y la comunidad, el cómo y el porqué de las relaciones sociales; de los arreglos para el matrimonio, de la crianza y socialización de los infantes, de los ritos de iniciación o de paso en cada etapa de vida de hombres y mujeres.
Pero podemos suponer, relativamente, cómo era la vida diaria y excepcional entre el común de la gente. En una sociedad eminentemente agrícola, como la del Zapotlán prehispánico, la vida se centra en el proceso de la siembra y la cosecha. Durante más de medio año, de mayo a noviembre, familias y comunidad han de trabajar físicamente, velar el crecimiento de sus cultivos, observar las condiciones ambientales y propiciar el éxito de la larga faena de las deidades. Desconocemos la vida ritual, ceremonial y festiva que se entreveraba con la del trabajo, pero en el supuesto de una similitud cultural entre los nahuas del occidente y los del centro, se puede decir que al trabajo efectuado en la siembra lo acompañaba el de la atención a los indicios de plagas, catástrofes metereológicas y enfermedades; y aunado a esto, aspectos de idolatría especial para el agua, por la proximidad a la zona lacustre, al fuego, por el Volcán y, por supuesto, para los movimientos telúricos del que eran tan propensos, todo ello rodeado de una serie de supersticiones.
Las supersticiones o abusiones estaban presentes en toda rutina y momento de la vida de los individuos: los terremotos, los efectos del viento, el fuego, la lluvia, las heladas, las granizadas y los brujos eran los más temibles y menos controlables.
Apartar del vicio al pueblo, comunicarle los ideales de un buen gobierno, someterse a juicio y pedir la valentía de los hombres en la guerra eran los temas básicos de los discursos y arengas de los señores a sus súbditos. Las exhortaciones de padres y madres a sus hijos e hijas se referían a su deber de vivir bien, en armonía con los demás, refiriéndoles las normas de vida social y el comportamiento que habían de guardar. El casamiento, el embarazo, el parto y la socialización de los infantes constituían los sucesos fundamentales que movían a los mayores a inculcar a sus hijos las prácticas familiares y comunales. Los ancianos, los guerreros valientes, los nobles, los sacerdotes, los artesanos y los comerciantes importantes tenían un lugar destacado y respetado en la educación y el mantenimiento de una moral y un orden social. Con todo esto, queremos decir que no éramos pueblos bárbaros o incultos, simplemente en el choque cultural se impuso la supuesta civilización hispana con todo lo que ello representa.
Toda esta situación hizo que la evangelización se llevara a cabo con engaños y falsedades: por un lado el misionero derribó al ídolo pagano y en su lugar puso la figura de Cristo, pero por el otro, el indígena lo único que vio fue una imagen diferente pero con el mismo sentido de significación que le producía la idolatría.
Para explicar mejor esto, daremos lectura al siguiente texto el cual nos dará una prospección sobre las bases de adjudicación de las costumbres y tradiciones indígenas en beneficio de las tareas evangelizadoras:
«[...] Ese año [1539] fue de sequía y los indios acudían a cerros como el de Tlalocatépetl o Tepeyac. En ese mismo año o en el siguiente el obispo quizá reprimió los excesos del culto indígena a Santa María en el Tepeyac, el cual disimulaba el culto a Tonantzin y Tláloc. Esto lo debió entender Zumárraga en el Tetzcotzinco.
Los franciscanos combatieron el culto en el Tepeyac, pero el arzobispo de México, fray Alonso de Montúfar, dominico, impulsó el culto. Con la ayuda de Francisco Cervantes de Salazar, ordenó al artista mexica Marcos Cípac que pintara una imagen de la Virgen, a la que le dio la advocación de Guadalupe y la colocó en la ermita del Tepeyac, alrededor de diciembre de 1555, en el marco de un gran auto sacramental sobre la milagrosa aparición de la Virgen [...]»1
En el texto se menciona que los franciscanos combatieron fuertemente el culto a la Virgen morena, pero no nomás ellos, sino también las otras dos órdenes regulares (los dominicos y los agustinos). El argumento que ellos expresaron en aquel tiempo era que el impulso de una “nueva” devoción era peligrosa, que sólo era una disfrazada idolatría y se lamentaban de que ello viniera a echar por el suelo los esfuerzos de los religiosos, tan empeñados en combatir ese pecado e inculcar a los indios nociones exactas acerca del culto y veneración de la imágenes. Sin embargo, la devoción proliferó tanto que inclusive todos los religiosos se hicieron cómplices argumentando abiertamente que: [...] esa es una devoción que nosotros todos estamos mal con ella, pero que nos ha abierto mucho el camino [...]2
No obstante, escudriñar en este tipo de creencias necesarias, como el caso del ejemplo: comprobar de manera científica la desaprobación de la serie de apariciones en el Tepeyac, es tan grave como el hecho de despojar a un pueblo creyente de una parte esencial de su identidad, y ese es el gran riesgo que se corre con la divulgación de este tipo de información.
Si nos ponemos a reflexionar sobre cuantos pueblos conocemos en donde el santo o la advocación de María llegaron de manera misteriosa o milagrosa, veríamos con gran asombro que son cientos, y Zapotlán no estaría fuera de ese listado.
Pero el punto no es ese, en realidad aquí lo que se tiene que analizar es que tanto una santa imagen nos estimula la cierta devoción y la cierta idolatría; es el saber hasta que punto el culto se lo dedicamos a la escultura o imagen, o a lo que ésta representa; cuál es el verdadero sentido de la entusiasta participación en la festividad de un santo cualesquiera. Recordemos que, como ya lo hemos apuntado, todo esto no son más que prácticas que ya se llevaban a cabo en la época precortesiana y lo único que se hizo fue adaptar y adoptar esas costumbres y tradiciones paganas en las creencias cristianas.
La pomposidad de las procesiones religiosas, manifiestan cual devotos (o idólatras) eran los naturales. Todos tenían que confesar que aún cuando los españoles fueran tan aficionados a las procesiones, en ese punto los indios venían a resultar sus maestros.
Estas procesiones tan lucidas y suntuosas, eran revestidas de repiques de campanas, de cantos, músicas, arcos de flores, tapices de pétalos y estandartes en alto, todo ello para acompañar en su recorrido a la santa imagen. Escribió Motolinía con respecto a estos abusos: “en la procesión del Jueves Santo, que llegó a ser muy famosa, se llegaron a contar hasta tres mil santos cristos, dado que cada indio llevaba la suya. Otros llevaban cirios encendidos y era tanto el gasto que de ellos de hacía, que daba espanto ver aquello”. Esto se simplifica diciendo que prácticamente todo lo que ganaba el indígena en sus labores y faenas, lo invertía en las fastuosas celebraciones.
En Zapotlán, al igual que en muchos pueblos del Sur de Jalisco, aún quedan reminiscencias de las fructíferas festividades religiosas. Quizá se añora el antiguo resplandor que se les imponía y el estruendoso derroche que se hacía; y ello lo observamos claramente en la fiesta josefina la cual ya no se realiza como antes, y que muchos mayores recuerdan el cómo se llevaba a cabo…
Citas Textuales:
1 MARTÍNEZ Baracs, Rodrigo: “El Tetzcotzinco y los Símbolos del Patriotismo Tetzcocano”, en Arqueología Mexicana, Vol. III, No. 38; Edit. Raíces, INAH, México, D.F., julio/agosto de 1999, p. 57.
2 RICARD, Robert: La Conquista Espiritual de México, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1995, p. 298.
Sobre el Autor.
Fernando G. Castolo (Ciudad Guzmán, 1973), es arquitecto por la Universidad de Guadalajara; miembro de número de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, A. C.; miembro de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, A. C.; articulista, desde 1998, para varios periódicos de circulación regional y estatal en Jalisco; es Jefe del Archivo Histórico Municipal y Cronista Oficial de Zapotlán El Grande, Jalisco. Es autor de más de medio centenar de publicaciones y lector reincidente de Columnistas.
28 de Marzo de 2007 a las 18:36
Gracias arqui, por regalarnos algo de su sabiduría…
19 de Julio de 2008 a las 14:38
es un gran placer encontrar articulos publicados por alguien que tiene en comun conmigo el apellido.Yo naci en Cd Guzmán, ¿seremos parientes?
felicitaciones por su preparación.