: Tiempos Violentos
por: Milton Iván Peralta
La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas.
Séneca, “Cartas morales a Lucilio”.
Jonathan entró a la fonda las peñas, como lo hacía casi todas las mañanas en las que no tenía un caso. Tomando café, mientras llegaban sus “chilaquiles especiales”, vio como una pareja se sentaban en la mesa de enfrente, abrazados como víboras sus lenguas se entrelazaron. El estomago de Jonathan se revolvió. Se fue al baño, besó los pies de la enorme cruz de plata que colgaba de su pecho, para después acariciar con ternura su arma.
Cambió de mesa, su morbo lo hacía voltear a ver como sus lenguas convertidas en serpientes recorrían sus rostros, su cuello, Jonathan tomó su cristo, se paro con toda tranquilidad, sabía que no solo a él le incomodaba aquella asquerosidad. Se paro junto al joven blanco, pelo rubio, no tan feo. Lo miro, Jonathan vio como resaltaba de entre sus piernas ese cuerno obtuso.
-¿Se te antoja? –dijo con risita sarcástica, agarrandosela.
Jonathan no lo pensó más, lo golpeo con la cacha de su escuadra.
-¿A ti se te antoja otro?
La mujer grito despavorida mientras Jonathan la golpeaba en el rostro, “asquerosa, puerca”, decía una y otra vez mientras sentía como su furia se calmaba al golpear el suave y delicado rostro de ella.
Jonathan pagó la cuenta, y dejó cien pesos más por las molestias ocasionadas.
28 de Diciembre de 2006 a las 9:48
Es que ese Jonathan era todo un caballero, como irse sin dejar esa propina.