: Temor

por: Carlos Efrén Rangel

No había porqué ocultarlo y mucho menos presumirlo. Ella lo sabía y no había necesidad de comprobarlo con nadie, ni comentarlo con nadie. Sólo ella podría vivirlo, sentirlo, olerlo, palparlo y algunas veces también disfrutarlo. Como esta mañana, cuando sentada en una banca del jardín calentaba sus manos con un vaso de café barato, mientras su acompañante esa mañana le contaba con pelos y señales la manera en la que fue asesinado. Comprobó en carne propia que el miedo puede ser un sentimiento digno de disfrutarse.

No sabía el momento exacto en que todo ocurrió, de repente una noche sintió un fuerte relampagueo en la parte alta del estómago, un destello electrizante rápido que la paralizó, le puso los pelos de punta, aceleró su respiración, dilató sus pupilas y sus rodillas temblorosas no respondieron a la orden mental de correr, soltar la bolsa, ir hacia donde estaba la lámpara que iluminaba la calle y por fin ahí llorar. El miedo olía dulce, y sabía amargo.

Entonces aprendió a vivir con él y a descubrir poco a poco qué era lo que lo causaba. No todos los casos eran tan escalofriantes como el de esa mañana en el parque, ni siquiera acudían por aquel mito de que solicitaban algún favor para poder irse en paz, algunos eran agresivos y tenía que correr, otros eran amigables, algunos más chistosos, otros más sufridos, pero ninguno sabía que había muerto.

El de esa mañana pensaba que se había salvado luego de que su mujer le puso veneno para ratas en el desayuno, y juraba no podía entrar a su casa porque su ex esposa había cambiado la cerradura de la puerta, y la esperaba tarde a tarde para hablar con ella, buscar una explicación y un perdón y volver a la misma cama.

Ella sabía que estaban muertos, pero tampoco les decía. Nunca les creía nada y sólo los escuchaba, les hacía preguntas porque pensaba que así ellos estarían enterados de ser entendidos y no volverían a molestar. Porque por muy amigables ellos estaban muertos y ella no dejaba de sentir miedo. Y las cosas caminaron tan normales como lo puede ser alguien que platica con los muertos y con los vivos. Que es la única que ver al mismo tiempo los dos mundos en donde los dos viven y conviven. De ser la única que los olía y los sentía y aprendió a vivir con miedo.

Ese relampagueo del estomago desapareció un día, en que no supo ni cómo, uno de sus amigos muertos entró a su casa, sitio antes vedado, para advertirle que ese día por ningún motivo debía salir de su casa, tampoco debía ponerse el sueter rojo de lana que su madre le había regalado en la última navidad. Ella acostumbrada al miedo y a no hacerles caso le pidió que saliera de su casa y ella lo hizo después.

Por la noche cuando regresó a su casa reparó que no había sentido miedo durante todo el día, que en su trabajo había platicado con alguien sólo en la hora de la comida y que a partir de ese momento todos había desaparecido. No le dio mayor importancia al asunto, no era obligación las visitas fúnebres cada día de la vida, algún día vivos y muertos la tenía que dejar de molestar, le tenían que dar espacio entre sus dos mundos y no se preocupó.

Se fue a dormir y no soñó con nada. Se levantó y cuando se miró en el espejo se notó con el sueter rojo que su madre le había regalado en la última navidad. Y sintió que el miedo había desaparecido para siempre, cuando quiso abrir la puerta, notó que alguien había cambiado la cerradura.

¡Hasta el lunes estimados cinco lectores de cuentos de viernes! Propongo una encuesta, si ya no quieren cuentos los viernes dejen su comentario.

3 Respuestas a “Temor”

  1. HUMBERTO SANTANA Dice:

    En lo personal me gustan, por lo menos me olvido un poco de Don Lipe.

  2. Martha V. Sandoval Dice:

    Al principio pensé en la serie de Almas Perdidas, jajaja. Pero después dio un giro interesante y el final fue bueno.

    Si humberto tiene razón, estos cuentos nos relajan.

  3. Mari Chuy Dice:

    Me encantó, realmente es bueno. Demencialmente cuerdo, o centradamente loco?

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