: Noticias de la tradición de la Semana Santa en Zapotlán
por: Fernado G. CastoloPara disfrutar de nuestro patrimonio histórico intangible (como son las constumbres y tradiciones), es necesario protegerlo y conservarlo y sólo ello es posible desde un profundo conocimiento del mismo. Estos tres aspectos de nuestra relación con las costumbres y tradiciones —utilización, conservación y conocimiento— son complementarios, ya que cuanto mejor conozcamos el patrimonio histórico intangible, más lo disfrutaremos y mejor lo conservaremos.
Dentro de estas ricas tradiciones que debemos guardar con el mayor de los celos, tenemos aquellas que se llevan a cabo dentro de la Semana Santa (o Semana Mayor), donde recordamos la pasión de Jesús, quien tuvo que ser crucificado para el perdón de todos nuestros pecados —según se manifiesta dentro de aquellas religiones donde se profesan las enseñanzas de Jesucristo—.
Tenemos noticia por las relaciones de Motolinía, que las tradiciones de la Semana Santa, son de la misma época de la conquista de México por los españoles, impulsadas en gran medida por los propios misioneros de N. P. San Francisco; y nos dice el mismo Motolinía lo siguiente: «…En el Domingo de Ramos enraman todas las Iglesias y más a donde se han de bendecir los ramos…», manifestando que para evitar confusiones, atropellos y peligros, los sacerdotes bendecían los ramos en las manos mismas de los asistentes; y se extiende diciendo: «…un día o dos antes del Miércoles de Ceniza, llevándolos todos a la puerta de la Iglesia, y como son muchos hacen una quema de ellos, que hay de hartos para hacer ceniza para bendecir…».
En San José de los Naturales, adjunto a la Iglesia de San Francisco en México, el Domingo de Ramos, por ejemplo, iba cada uno con su palma en la mano, en medio de alegría y desbordando de entusiasmo; los niños subían a los árboles y «…unos cortaban ramas y las dejaban por el camino al tiempo que pasaban las cruces, otros encima de los árboles cantaban, otros muchos iban echando sus ropas y mantas en el camino…». Pero aunque había una, solemnísima, el día de Pascua, al parecer las procesiones más grandiosas eran las de duelo o penitencia. Había una procesión cada viernes de Cuaresma y cada día de la Semana Santa: el lunes, la de las Ánimas del Purgatorio; el martes, la de San Juan Bautista —por el patrono del barrio—; el miércoles, la de San Diego de Alcalá —por tener una cofradía entre los indios—; el jueves y el viernes, días de conmovedores recuerdos, había dos: la de la Santísima Trinidad y la del Santo Cristo, el jueves, y el viernes, las de la Virgen de la Soledad y la del Santo Entierro (en Zapotlán el Grande, todavía mucha gente recuerda, estas ricas tradiciones de antaño). Todas ellas dispuestas a la usanza española, llevaban sus correspondientes pasos: así, la de las Ánimas, a San Francisco sacándolas del Purgatorio con su cordón; la vida del Precursor, la muerte de San Diego, el Santo Ecco Homo; en la segunda procesión del Jueves Santo, que llegó a ser muy famosa, llegaron a contarse hasta tres mil santos cristos, dado que cada indio llevaba el suyo. Otros llevaban cirios encendidos y era tanto el gasto que de ellos se hacía, que el propio Motolinía quedó espantado; otros se iban disciplinando la espalda desnuda, en tanto que se cantaba el padrenuestro, el avemaría, el credo y la salve. Era enorme la concurrencia —hay quien hable de diez o doce mil personas— y la procesión llenaba la calle en toda su anchura. También las mujeres iban y con ellas sus hijitos: en brazos los muy pequeños, los más grandecitos al lado de sus padres, y todos ellos también con su cirio encendido. Otro era el carácter de las procesiones de Penitencia de Cuaresma, que no se admiraban menos por su orden, silencio, compostura y honda y severa devoción. Todos tenían que confesar que aún cuando los españoles fueran tan aficionados a las procesiones, en este punto los indios venían a resultar sus maestros.
Bien, hasta aquí dejaremos la parte histórica de los inicios de las tradiciones de la Semana Santa en los anales de la conquista, que aunque fueron impuestas por los españoles, desde un principio tomó tintes únicos como producto de nuestra propia idiosincracia. Por ello, y para entender las tradiciones de la Semana Santa, ahora lo apoyaremos en los sucesos que se acontecían (y acontecen) dentro de nuestro contexto inmediato.
En Zapotlán el Grande, para celebrar la ceremonia ritual que recuerda la entrada de Cristo a Jerusalén, se utilizan las palmas, mismas que son vendidas por algunos indígenas de la región, quienes por cierto divierten las horas entretejiendo de una manera muy ingeniosa los tiernos listones de palma. Ya no es bien visto llevar a la ceremonia el simple abanico de esta planta, hay que adornarla con mil formas de petatillo, de coronas, de flores y hasta de custodias, entretejidos en matices que van del tierno blanco al amarillo y de éste al verde suavísimo del corazón de la palma.
Otras hiervas acostumbradas en esta ceremonia, son el laurel traído de quien sabe que barrancas, la manzanilla de huerto, moteada de perfumadas florecillas blancas, la bejana que florece en espigas azules, el mirto y el romero que tienen por sus cualidades curativas, una estimación general entre las mujeres de nuestra ciudad y las de los pueblos vecinos.
Podrá decirse que en términos generales todas las plantas que se han venido a consagrar como “materia ritual” de la fiesta del Domingo de Ramos, son plantas que tienen alguna virtud curativa, y que de aquí, del hecho de haber servido en la ceremonia litúrgica y de haber sido bendecidas especialmente, son reconocidas todavía como remedio inmejorable en males sencillos, especialmente la tos, el catarro, la gripa y lo que en términos populares se conoce como “chagüiste” y los “fríos”.
La palma bendita del Domingo de Ramos no sirve para enfermedad ninguna. Esta se emplea más bien en forma de pequeñas cruces que mucha gente coloca en las puertas de sus casas, como una manera de extender hacia su hogar, la bendición que recibieron en el acto litúrgico.
En el capítulo de vendimias populares, tenemos el pinole, el esquite, el pozole de ramos, los panecillos de harina de trigo y las galletas de maíz, mismas que son exhibidas a las afueras de los templos dentro de vistosos chiquihüites, puestos sobre mesitas de madera, forradas de blancos manteles; además, se ponen a la venta los ya famosos veintes benditos envueltos en papel celofán, así como los escapularios. Uno de los lugares en donde más arraigadamente se conservan este tipo de vendimias tradicionales, sin duda alguna, es en la Capilla del Hospital de San Vicente, que posiblemente, se deba ello a que las madres custodias del Hospital son las que por años han elaborado con sus propias manos estos productos.
En lo que corresponde a tradicones de la Semana Santa, nadie iguala al vecino poblado de Tuxpan, Jalisco, que conserva (o conservaba) ceremonias populares muy hermosas, con el toque especial de aquellos obligados “arreglos” en patios o enramadas, hechos precisamente con plantas, árboles y follaje traído desde barrancas inaccesibles en estribaciones del Volcán “El Colima”.
La Quema de Judas que fue otro de los aspectos populares en que se habría el júbilo, y buen humor retenido piadosamente durante la Semana Santa, apenas si puede mencionarse ya, porque esa tradición se perdió hace muchos años.
Los Judas, en tiempos de fricción política, sirvieron para zaherir y desfogar en forma anónima, o por lo menos de un modo tumultario, como en la Fuente Ovejuna, todo el rencor, todo el disgusto, todas las claridades bien contadas contra el funcionario o líder a quien aborrecían.
A la fecha ya no hay Judas, según lo hemos manifestado. Y si los hay, seguramente ya no se pueden exhibir en aquellas divertidas y cómicas escaramuzas. Parece que nuestra gente perdió la iniciativa, el ingenio, el entusiasmo por hacer nada. Tenemos hoy otras formas de diversión, creemos tener otros desquites.
La costumbre de los Judas se ha perdido también por la misma conformación del nuevo rito de Semana Santa. Hoy sería escándalo en un pueblo el ponerse a echar tronadera y hacer fiesta en torno al muñeco de cartón que pende atado del cuello en algún árbol de la plaza. Causaría escándalo, porque hoy todavía el sábado persiste el duelo, la gravedad, el luto callado de la Iglesia por la muerte de Cristo. Podían quemarse en domingo, cuando ya se habían rasgado los aires con el repique jubiloso de la Resurrección. Podía hacerse así pero en nuestros pueblos la gente es muy celosa de sus tradiciones y piensan que si no se hace en sábado, ya no tiene sentido, ya no tiene para qué hacerse después.
La Semana Santa es como la Navidad. Entre una festividad y la otra se apoya nuestra vida, nuestras costumbres, nuestras tradiciones más entrañables, nuestro patrimonio intangible más rico.
La Navidad nos saca fuera de nosotros mismos en la alegría, en el júbilo ruidoso que esperamos todo el año.
La Semana Santa nos recoge dentro de nosotros mismos y nos pone a pensar en el drama tremendo de la Muerte de Cristo.
Allá hacen derroche las luces, las campanitas, los adornos tradicionales.
Aquí se desborda la naturaleza en fiesta de amapolas, y el sol estalla y hace fulgurar ardientemente todas las cosas.
Así es la Semana Santa, por lo menos en la línea tradicional de nuestras celebraciones. Así era antes de que una nueva concepción, un empeño más comodino y más materialista, nos hiciera lanzar lejos de nosotros todo lo que nuestros mayores hicieron y pensaron de la Semana Santa.
A nosotros no nos importa ya nada de aquello. Aprovechamos estos días como la mejor ocasión para unas vacaciones en la playa. De lo demás, de lo que en la historia, en los ritos religiosos, se conmemora, nos importa muy poco.
Y la Semana Santa va dejando, paso a paso, de ser uno de los puntales más significativos en el tesoro de nuestras tradiciones y devociones…
Fernando G. Castolo (Ciudad Guzmán, 1973), es arquitecto por la Universidad de Guadalajara; miembro de número de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco, A. C.; miembro de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas, A. C.; articulista, desde 1998, para varios periódicos de circulación regional y estatal en Jalisco; es Jefe del Archivo Histórico Municipal y Cronista Oficial de Zapotlán El Grande, Jalisco. Es autor de más de medio centenar de publicaciones y lector reincidente de Columnistas.
2 de Abril de 2007 a las 13:26
No es que uno lo haga a un lado, lo que pasa es que el ritmo de la ciudad te absorve y todos esperamos un momento para dejar el bullicio.
Yo antes si participaba de todos estos rituales de cuaresma, ahora ya no.
Sin embargo, no soy de las que se va a la playa al relajo, aprovecho para hacer una pausa y reflexionar.
Creo que ese es el verdadero sentido de la semana santa, porque hasta cierto punto, todos esos rituales eran para involucrar al pueblo, en una religión que no aceptaban como propia y necesitaban del color, de las formas, de los olores, así se fueron adapatando, haciendolo similar a sus antiguos ritos, pero con la única finalidad de que le dieran importancia a la semana santa.