: Manjar
por: Carlos Efrén RangelOlía a frescura cuando la sentí a lo lejos. Un olor dulzón entró por mis fosas nasales para remontarme a momentos felices y distantes, para los que volver a vivirlos me había costado soportar poco menos de un año, un año de ausencia, de calor insatisfecho. Cuando me acerqué no pude más que saborear a lo lejos la saliva que derramé con su recuerdo. Ahí estaban esas porciones carnosas y frescas, llamándome, invitándome, rogando que las mordiera y nos uniéramos en un beso, largo, rítmico, sabroso.

Imagen Vía: defecito.com
No tuve empacho en repetir la ocasión, más cuando son las primeras pitayas que aparecen en el Mercado Juárez de Autlán y que estoy seguro a más de uno de mis cinco lectores que están fuera del terruño o encerrados en sus oficinas sin la posibilidad de visitar las canastas de donde nace el olor dulzón que me hizo darle un beso a las porciones carnosas y frescas a este fruto.
Me sorprendió también la fecha, el vendedor un joven originario de Autlán viaja todos los días aún de madrugada a la zona sur de Jalisco, a las orillas del volcán de fuego para ahí comprar todos los días dos canastas de pitayas, que luego viajan un par de horas por carretera para a las once del día estar ya en los portales del mercado de Autlán. Aún no hay producción local.
Cuenta el mismo productor que las pitayas antes de consumo público ahora se han encerrado en espacios privados y particulares, algunos dueños que no son buenos para cortarlas, ni aprovecharlas pero sí para impedir que cualquier persona ajena a sí mismo las corte aún para comerlas. En las pitayas también se da el coyotaje, el contrabando, las tácticas de comercio desleales.
El precio aún es elevado. Seis pesos por una pitaya pequeña, que apenas dura dos besos, o dos mordidas. Espero que el tiempo pase para darme una buena llenada, de esas que pasan horas para que se te quite el color rojo de los dedos, de los labios y luego valga pues la manera de decirlo, se recuerda sólo por el color, durante las idas al sanitario que se comieron pitayas, de esas atrancones quiero darme.
Pero aún le falta. Aunque las pitayas son propias de climas calientes, un tanto áridos y más bien estériles, los órganos planta que las produce parecen sufrir por calentamiento global o por sobreexplotación, pero aún recuerdo que en las épocas de secundaria, podía ir al Cerro Colorado, subir unos 500 metros y ya encontraba algunas pitayas que se podían cortar apenas con un tenedor y un pequeño cuchillo.
Para alguno de mis cinco lectores que no conozca la pitaya, además de invitarlo que vea las fotos, pues lo tengo que invitar a que viaje a Autlán, a Amecueca, a Sayula o a Techaluta donde son las mejores pitayas del mundo, es un fruto parecido a la tuna, aunque mucho más dulce y una textura mucho más agradable y fresca.
Si puede ir a cortar usted mismo no deje de hacerlo. Lo tendrá que hacer antes de que el sol salga o poco antes de que el sol se meta, con un gancho parecido a un tridente observará en lo alto del órgano la pitaya que solita se ha abierto y como si fueran unos labios carnosos y rojos, lo invitan, le exigen que los baje para darles un largo beso.
En época de abundancia en Autlán se puede conseguir a cincuenta centavos la pitaya, las más chiquitas, y con esas chiquitas y un tanto pasadas se hace la mejor agua fresca del mundo, y las grandes y recién cortadas esas saben mejor puras.
Le decía que las cortara al alba o al anochecer. Dicen que cortadas al medio día producen diarrea. Yo no les creo.
Hasta el lunes estimados lectores, pues mientras el magisterio continúa en las protestas por las reformas a la ley del ISSSTE, la APPO vuelve a la batalla y Ramírez Acuña se hace tonto, mientras se oculta la verdad de Zongolica y Calderón se rinde antes las botas del ejército, yo iré a comer pitayas.
Y las más puro estilo de las Fábulas Cotidianas tendré que dejar una moraleja:
¿No se les antojó una pitayita?