: Identidad

por: Carlos Efrén Rangel

Hace algunos años recuerdo perfecto que comenzó a implementarse una política nacional que buscaba ganarle una guerra a Estados Unidos. La globalización permite que las naciones que dominan no sólo invadan los territorios militarmente, primero como los españoles con la cruz cristiana, invaden con sus costumbres, con sus aprecios, con sus visiones del mundo. Poco a poco el día de muertos le gana la batalla al Halloween. Y eso es un hecho que nos hace felices. Pero ¿para qué carajos sirve?

México es un país de minorías. La primera mentira que nos han contado a los mexicanos es que somos un país único, cuando culturalmente existen diferencias muy grandes entre las distintas regiones, que nos hacen ver la vida de manera diferente, afrontar los retos de forma distinta y vivir la mexicaneidad no de manera uniforme. Sin embargo esas diferencias no han sido irreconciliables. La organización política que asumimos nos ayuda y nos obliga a encontrar similitudes en la forma de vida y en la visión del mundo.

Homogeneizar una historia nacional que ha llevado a final de cuentas a tener una identidad nacional es responsabilidad de la Secretaría de Educación Pública. De Tijuana a Mérida y de Veracruz a Barra de Navidad sabemos que Miguel Hidalgo es el Padre de la Patria, que luchó contra la Gachupines. Que Zapata y Villa fueron bigotones que lucharon por el bien de la mayoría y que el escuchar el Himno Nacional y saludar a la bandera nos pone la piel chinita. Compartimos muchos gustos, muchas tradiciones y a grandes rasgos formamos una identidad.

No es ocioso ni criticable, es necesario y vital fortalecer la identidad de los pueblos. ¿Para qué carajos? La identidad implica que las minorías, las personas en lo más íntimo y personal de su ser que forma el individuo social se asuma parte del grupo. Esto implica compañerismo, solidaridad (sin tristes alusiones salinistas) y sobre todo comunidad y comunión (sin tristes alusiones católicas aunque sí maravillosas alusiones cristianas).

El ser parte de algo nos permite defenderlo. Encontrar causas comunes nos permite encontrar motivaciones para buscar soluciones a problemas compartidos por mecanismos conjuntos. Desgastar aún más la de por sí ya desgastada frase “La unión hace la fuerza”. Para construir la indentidad es necesario asumir elementos propios y compararlos con los ajenos.

Con la invasión del Halloween Estados Unidos, la cultura hegemónica nos ganaba la batalla, asumíamos como propio algo ajeno y eso no tiene etiqueta moral, pero sí serias implicaciones prácticas, económicas, políticas y sociales. No se trató de una guerra armada, si no de una guerra de ideas, de identidades. Sentir aprecio por tradiciones de un grupo social que no es al que pertenecemos nos provoca que prefiramos en la vida diaria sus propuestas, productos, políticas, normas de vida y eso en definitiva no ayuda a que nos defendamos como grupo. Nos divide, nos debilita. A la larga la proliferación del Halloween resultaría tan agresiva como la de la religión católica entre la comunidad indígena de la conquista.

Por eso haber recuperado los altares de muertos, las calaveritas de azucar y los versos de guasa en que nos reímos de la muerte, el incienso antes que la calabaza, no sólo tiene implicaciones lúdicas, si no también sociales, económicas, políticas y sobre todo de identidad nacional. La identidad se aprende, y el amor a una nación que no éramos pero que ahora ya somos, es la vía para fortalecerla, mejorarla, enriquecerla. Y sí precisamente por esa vía de crear comunidad con amor a lo propio, y un lejano respeto a lo ajeno.

Hasta el viernes estimados cinco lectores. Si quieren publicar calaveritas mándelas a mi correo, las puertas están abiertas y la censura aquí no existe.

Una Respuesta a “Identidad”

  1. Pereque Dice:

    Soy de Mazatlán. Allá, como en casi todo el Norte, el Día de Muertos se celebraba yendo al panteón a visitar a los difuntos y tal vez yendo a misa. Los Altares de Muertos eran prácticamente desconocidos hasta que empezó la campaña del gobierno y los medios para promover la celebración del Día de Muertos del centro y sur del país, y entonces se empezaron a poner altares en oficinas, escuelas y negocios, se hacían concursos de altares patrocinados por las autoridades y se insistió en la importancia de “conservar nuestras tradiciones”. Tradiciones que nunca tuvimos, que son igual de impuestas que el Halloween; tal vez hasta más. Todo eso comenzó a pasar hace como diez años. Mi punto es que en el Norte, el Día de Muertos y el Halloween son igual de ajenos.

    Hoy el Halloween y el Día de Muertos conviven pacíficamente en las ciudades (excepto en la mente de algunos cristianos militantes, aunque los evangélicos son más coherentes). A mí me late que en 20 o 30 años ambas festividades van a estar plenamente integradas. Parte de la globalización, supongo.

    ¡Saludos!

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