: Estación Sur

por: Milton Iván Peralta

Como bestia echada al lado de la mujer de ojos cerrados.
El espejo que huye
Giovanni Papini

Nuevamente cerré los ojos. En esta ocasión una luz me encandiló. Avancé unos pasos hasta que mi vista, borrosamente, alcanzó a percibir sombras que poco a poco se convirtieron en figuras. Me detuve, sacudí el pantalón y limpié los zapatos que se encontraban mojados, acababa de cruzar el río. Frente a mí estaba un viejo pastor alemán que levantó la cabeza para mirarme, de forma apacible se volvió a echar.

Llegué a la estación, se encontraba semivacía. Me senté a esperar el primer tren que pasara. Había ahí una mujer joven, a su lado tenía una gran maleta, frente a ella una pareja de ancianos platicaban no muy plácidamente.

No muy lejos, sentado en su equipaje, un joven miraba la lejanía, entre sus manos traía dos violetas en el ojal. Siete golondrinas rompieron el horizonte. Llegó un forastero con dos grandes valijas, se mostraba fatigado, aún estaba húmedo. En eso, un viejo de traje y capa negra se le acercó, platicaron un rato. El señor le contaba una historia histriónicamente, el recién llegado lo miraba con asombro.

Volví a mirar a la joven -estaba de buen ver- cabizbaja, acariciándose los brazos continuamente. El anciano llevó un cigarro a su boca, se buscó el encendedor, le cuestionó a la joven y ella pasivamente negó con la cabeza.

Entre mis pies vi aparecer un gato, poco a poco su cuerpo fue cruzando entre mis piernas. Seguí mirando a la joven, con una servilleta se limpiaba las lágrimas, dejó caer el papel mojado y sucio de pintura. Los viejos discutían, él se fue a tomar agua. El joven se levantó al ver al tren penetrando en el paisaje.

Un estruendo solemne en el cruce de las vías. Se escuchó el silbato, el viejo de capa negra salió corriendo entre malabares, mientras que el forastero lo miraba con asombro.

Las puertas del tren se abrieron, la pareja de ancianos entró delante del joven. Ella con dificultades llevaba su equipaje. Él muchacho subió sin acomedirse ayudarle a la joven con su enorme maleta. El forastero cruzó la sala lentamente mientras que yo pasé por donde ella había estado sentada, en el suelo se encontraba la servilleta con la que se limpió las lágrimas; la junté deseando guardar un recuerdo de ella. A un lado se encontraba una mancha de sangre.

Subí al tren. Tres pitidos y comenzamos a hacer el último viaje.

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