: En busca de Bartleby
por: Milton Iván PeraltaComo conocí a BartlebyIgnoraba lo que era ser un Bartleby, hasta que leí una reseña del libro de Helman Melville (Nueva York 1819-1891), Bartleby el escribiente, en una revista barata de literatura. La historia me atrapó tanto que decidí buscar el libro, pero dónde, en Zapotlán no existen librerías, sólo sé sabe quemar libros frente a catedral.
Salí de la ciudad un busca de una librería, y fue un fracaso tras de otro, no encontré nada en Tuxpan, ni en San Gabriel, ni en Apulco y mucho menos en Sayula. Me quedaban dos opciones, Colima y Guadalajara, del primero no conocía la ciudad, aunque del segundo había viajado un par de veces, preferí visitar la opacada perla tapatía. Mi jefe a pesar de intentar ser un buen hombre, no me dejaría ausentarme, ya que apenas hace unas semanas tomé mis vacaciones.
Laboro de amanuense, en un viejo edificio con unos compañeros extraños que no vale la pena ni siquiera mencionar. Como mi sueldo era muy malo, decidí cortar algunos gastos, gastar lo mínimo, entre ello no pagar ni luz ni la renta. A todos les conté sobre las ganas de leer el libro de Bartleby, se ofrecieron a una ida a Guadalajara buscármelo, pero no acepte, mi jefe dijo que por Internet sería fácil, pero también me negué, Bartleby preferiría no aceptar la ayuda de nadie.
En varios meses conseguí tanto dinero para financiarme la búsqueda de Bartleby, pero también conseguí que me corrieran del departamento, así que para reducir más gastos vendí los muebles y clandestinamente viví en la oficina unos días, nadie se daría cuenta, o eso fue lo que pensé, pero no fue así, el jefe fue adelantar un poco su trabajo un domingo por la mañana cuando me vio saliendo del baño, con una toalla amarrada a la cintura. Me corrió, me dio una semana para abandonar la oficina, así que recogí mis cosas y me dirigí a la central camionera.
El viaje a Bartleby
Sin muchas demoras tomé el camión rumbo a Guadalajara en la fila B, asiento 7, donde encontré algo de basura, pensé que el anterior pasajero debió a ver sido un verdadero cochino. El autobús partió a las 10:15 de la mañana, una mañana lluviosa. Durante el viaje pensé en Bartleby, cavilaba en los lugares donde podríamos encontrarnos, un bar, alguna plaza, tomaríamos cerveza o café y comeríamos bizcochos; no sé tal vez preferiría no comer nada, sólo nos quedaríamos sentados viendo el paisaje.
Me cuestionaba en qué consistirían nuestras platicas, en largos silencios con las piernas cruzadas, con miradas nunca penetrantes o hablaríamos de algún tema aburrido y sin sentido cómo lo es la política y el futbol, o ¿simplemente estaríamos sentados hasta quedarnos dormidos?
El viaje se me hacía eterno, tal vez era la emoción de conocer un personaje poco común para una persona no común, no lo sé, el tiempo transcurría lentamente o tal vez el camión era el lento. ¿Será fácil encontrar a Bartleby en esta inmensa realidad? Con la prisa de la gente, con el ir y venir de los autos, tal vez estará en un lugar más tranquilo, donde la gente prefiera no hacer nada y perderse en su realidad.
El primer lugar a visitar sería una biblioteca y después una librería, son lugares donde la gente esta tranquila y todo es silencio.
El por qué no esta Bartleby
Me hospede en el hotel Nueva York, en el cuarto 18, desde ahí lo busqué durante varios días en bibliotecas y librerías, nada, llegué a la conclusión de que Bartleby no se encontraría en estos lugares con gente vestida de negro y lentes aparentando ser intelectual.
Seguí buscando por tiendas, en calles solitarias y demacradas, en cárceles de Guadalajara y nada. Comenzaba a creer que nunca lo encontraría, pero continuaba con mis interrogantes sobre Bartleby, una de mis muchas preguntas era: ¿qué habrá hecho antes de abandonar todo? Qué abandonó, a sus padres, su vida, tal vez un amor mal correspondido, tal vez una guerra. Es difícil adivinar el pensamiento de Bartleby, pero al estar con él muchas preguntas serán resueltas. También algo que me cuestionaba era su apariencia, ¿sería un tipo alto, pálidamente pulcro, vestido con un traje negro, con una mirada que se pierde en el espacio? No lo sé, pero cómo lo reconocería al verlo, era una gran pregunta, tal vez Bartleby prefiera que no lo reconozca.
Bartleby no se encuentra aquí
Decepcionado, casi sin dinero, y sin encontrar algún rastro de Bartleby, sentado bajo un árbol en el centro de Guadalajara, se me ocurrió pensar que no se encontraría en una ciudad tan grande y ruidosa, pero ya no tenia ni opciones ni dinero, tendría que volver a Zapotlán, una ciudad tranquila donde nunca pasa nada.
Otra vez en casa
De un bote de basura saqué el Diario, para buscar trabajó, pero nada, deambulando por el pueblo encontré a un señor ya pasado en años, moreno que ponía sus libros en el suelo en cima de un plástico, y le dije que le ayudaba y el señor acepto, con una pésima paga, acomodaría revistas viejas y uno que otro libro, pensé que desde hay podría seguir buscando a Bartbleby.
Lluvia de hojas
En una vieja caja polvorienta encontré un libro de pasta anaranjada; le quité el polvo para revisarlo, se titulaba: Bartleby el escribiente, retrocedí, no lo podría creer, leí varias veces el título, estaba en lo cierto, era lo que había buscado con tanto anhelo, Bartleby en persona, viejo, pálido, desolado, poco elegante por los años, las hojas casi se deshacían, era el hombre con el que me sentaría por horas para escuchar el susurro del silencio; lo abrase contra mi pecho, y corrimos hasta llegar al jardín, nos recostamos en el pasto, atrás del busto de Arreola, comencé a leerle pero no termine la primera página, Bartleby así lo prefería, y yo también, así que nos recostamos en el pasto sintiendo las hojas que caían sobre nosotros y comenzamos a soñar que nos encontrábamos entre “reyes y concejales”.