: El que azotó al señor

por: Alejandra P. Palafox

Hoy fue un típico día de cuaresma: ventoso, terregoso, cálido y soleado. Zapotlán – en donde la mayoría profesa la religión católica- tomó ceniza.

Para mí fue una jornada pesada y larga. Hoy fue una de esas veces en las que nada sale bien y sí, todo sale mal. No me quejo: al menos estoy viva y sana.

Por la mañana, el despertador que no sonó, luego al llegar a mi lugar habitual de trabajo con deberes acumulados en el escritorio y el colmo: mi herramienta principal para acabar con los pendientes, descompuesta.

Así, transcurrió el día, con más y más detalles que hicieron que me transportara a una especie de limbo mental y emocional en donde seguía predominando el hartazgo y el cansancio.

Y al final justo antes de recibir en el brazo derecho la ‘buena suerte’ de un pichón – según un buen amigo italiano, bastante supersticioso, recibir excremento de pájaros es una bendición- el autobús que al fin me llevaría a casa se pasó de largo sin importarle que le pidiera la parada.

De repente me encontré de pie ahí, en una calle bastante transitada, con el sol de frente y sin ninguna sombra cercana,

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