: El día que descubrí para qué nací
por: Milton Iván PeraltaTardé años en convencerme que fue un accidente, estuve en el lugar equivocado, con la persona errónea; pase años convenciendo a un juez de que yo no fui. Ella resbaló, no pude hacer nada para que no cayera, se soltó de mis manos. Murió.
Lloré años en la cárcel, fui como un fantasma y salí por buena conducta. Trate de reiniciar mi vida. Ya la había perdido, no encontraba trabajo, no me aceptaban por haber estado en prisión, cuando por fin me dieron trabajo me fue mal, no era bien pagado pero no importó, le eché ganas, cumplía, deseaba mostrar que estaba rehabilitado. Fue un accidente el que se me cayera esa mujer.
Pasaron varios años y conocí a una muchacha, era joven, bella, estudiante de medicina, me enamoré un día que fue a llevar su auto al taller mecánico, donde la atendí, era recatada, de buenos modales, hija de familia. La vi dos veces y con eso tuve. La visité a la universidad donde estudiaba, salimos varias ocasiones. Estaba enamorado. Sabía que existía para ella, había nacido para estar a su lado, estaba seguro que descubriría algo importante. Salimos varios meses, era la mujer más linda que había conocido, me trataba excelente yo le era fiel. Siempre se dio a respetar. La cuidaba, sabía que sería importante para mí la relación con ella.
Mientras en las noches soñaba cómo se me resbalaba de mis manos aquella otra mujer, cómo su cuerpo se reventaba contra el pavimento.
Una noche en que salí de la cama y fui a vagar por las calles, llegué a un centro nocturno de esos en que las mujeres rentan su cuerpo, un lugar en el que jamás había entrado, vi más de lo que me hubiera imaginado; sentí una decepción, pero también un deseo brutal golpeo mi ser, pedí una cerveza y otra y otra y me alcoholice como nunca antes. Por muchos días no supe de mí.
Días después me vi con mi pequeña doctorcita, platicamos largo rato; por primera vez la seduje, aceptó. Nos fuimos para el cerro, no teníamos a dónde ir y era el lugar más próximo. Ella me condujo, corriendo la alcancé. Nos besamos, el cielo comenzaba a llorar, la bese salvajemente como nunca lo havia echo, íbamos hacer el amor por primera vez. Sus ojos verdes, puros, hondos, de un verde que vale por todos los de la sabana, la desnudé, su cuerpo blanco, como el miedo, su cabello dorado, sus manos recorrían mi cuerpo, y mis manos tomaban su piel, esas que un día tiraron a otra mujer. La iba a penetrar, el momento más bello, la excitación más grande pero no como en aquella tarde en la que cayó la otra; la iba a penetrar cuando ella, se sacó… no quiso, se burló de mí, me dijo que era un imbécil, cómo pude haber pensado que una mujer de categoría estaría con un simple mecánico. Me molesté, la golpeé, llovió, me excité, la escuché gritar, patalear, me gustó, le pedía que bailará como en aquel lugar donde la vi unas noches antes.
Le mordí los pezones hasta arrancárselos me los tragué y bebí su sangre no recuerdo cuantas veces eyaculé en su piel, nunca estuve tan excitado y no supe en qué momento murió, baile alrededor de su cuerpo inerte, la sangre me la embarré, la lluvia caía y el cielo rugía festejando mi gran descubrimiento, ese día supe que había nacido para asesinar mujeres.