: Duende

por: Carlos Efrén Rangel

No había manera de conocerlo más rápido que enfrentarse de cara a él. Olerlo, encararlo, mirarle las arrugas de la cara y los puntos negros de la nariz tapados con maquillaje. Le habían dicho que olía dulce, como la guayaba; que los colores de sus ojos son chillantes y le provocarían náuseas, que mirarlos de manera fija te hacían recorrer distancias enormes, a ritmos vertiginosos, experimentar calores intensos como si se estuviera en el infierno.

Así que se armó de valor y una cámara. Y fue ahí donde dicen que se encuentra. Le pareció más hermoso el paisaje y lo comenzó a fotografíar, en la luz convertida en bites quedó grabado el aroma fresco del agua golpeando las piedras. Y la conjunción de formas llevan al lugar exacto donde el viento golpea la hierba y las hojas de los árboles. Pero no sintió miedo, si no más bien la desilusión de no encontrarlo ahí donde le dijeron que lo podría encontrar.

Había escuchado muchas historias sobre él, desde niña. Cuando para lograr que apagara la tele y se fuera a la cama le decían: “güera, ve a dormir si no el duende te lleva a la Ciénega y ya no vas a volver”. Cuando se acercó más a la cascada recordó que una noche de lluvia se tapó los ojos con la cobija asustada, luego corrió a buscar consuelo a la cama de sus papás, pues soñó que al descolgar el teléfono sólo se escuchaba una respiración agitada y nadie respondía al grito de “¿Bueno?”.

Pero no se detuvo, bajó unas piedras y fotografió una gran mariposa blanca. Pasó a un lado de su rostro y por momentos fue hasta molesta. Le tomó una foto que pensó luego sería impresa cientos de veces. Siguió caminando y si hubiera volteado hacia atrás donde quedó la mariposa, habría sido testigo de cómo otra mariposa igual, pero negra como la noche mataba al primer modelo para la foto. No lo vio y no sintió miedo.

Le habían dicho que al duende le gustaba platicar, nada recomendable hacerlo debido a que todo mundo sabe que realmente los duendes son pequeños demonios, personajes del más allá oscuro. “Decenas de noches acampando en este lugar, paseando turistas y nunca lo he visto. Es claro que no existe”, al decir eso se agachó al charco para tomar un poco de agua con la mano. A pesar de que sintió fría el agua no olía a guayaba, ni se veían los puntos brillantes que aseguraron ahí estarían. Sintió resbalar, el corazón se detuvo, igual que su mano en otra piedra y la salvó del chapuzón. Entendió que ahí donde estaba era un buen ángulo para la última foto.

Ya el sol se ponía allá y daba las últimas luces a la zona donde años atrás durante la Guerra Cristera, el hoy San José María Robles caminó sus últimos pasos hasta la muerte. Pensó que de no ser el duende sería la oscuridad de la sierra la que la metería en problemas. Subió con tranquilidad la colina. Cuando llegó a su camioneta sintió una tranquilidad más grande al escuchar que la llamaban por el sistema de radio, le advertían de una tormenta y que era mejor regresar. Trató de encender el motor pero no lo logró al primer intento. No se dio cuenta hasta después que una gota de sudor en frío recorrió su espalda en ese momento. Hasta que se asomó en los pedales para darse cuenta que el freno de mano estaba en esa posición que permite no encender. Al segundo intento el vehículo arrancó. El camino fue tranquilo hasta el pueblo.

Dejó la cámara en la oficina y se fue a dormir. Esa noche no soñó con nada. Se levantó al otro día temprano y se fue a la oficina, descargó las fotos de la cámara a la computadora. Vio la última que tomó y le pareció prudente hacerla grande, ponerla de fondo en el escritorio de la máquina. Cuando la vio grande descubrió una forma rara, algo que no había visto la tarde anterior. Sintió el dulce olor de la guayaba, sus ojos se clavaron en el monitor y encontraron puntos brillantes que la transportaron lejos. Estaban justo al centro de la foto, en una figura color caqui, que expectante e inquisidor se posaba encima de la cascada y la miraba de frente.

La trajo de regreso el timbre de su teléfono, que al descolgar al otro lado de la línea, sólo una respiración jadeante había como respuesta al “¿Bueno?”.

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A petición del público que me aclama, de regreso a la ficción en época de brujas y espantos. La foto es de Haydé López Brambila. La historia, bueno, cómo les digo.

3 Respuestas a “Duende”

  1. HUMBERTO SANTANA Dice:

    Hay quien jura y perjura que los duendes y demás seres increibles existen; yo rezo al cielo porque los buenos sean mayoría. Buen cuento.

  2. Luis Rangel Garcia Dice:

    El miedo mueve, lo irreal te vuelve inerte; ambas fuerzas nos jalan a los incredulos desde nuestro trozo de realidad que apenas comprendemos a un mundo que nos asombra, y tratamos de dudar.
    Buena historia, y disculpen mi falta de ingenio y pespectiva persepctiva ¿Donde esta el duende de la foto?

  3. Doncella del Fangal Dice:

    exelente historia

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