: Cuento de Navidad
por: Milton Iván PeraltaNo sabía qué darles de navidad a los lectores de Columnistas, así que aprovechando la oportunidad que nos dio el cronista de Ciudad Guzmán, Fernando G. Castolo, les paso el día de hoy un cuento de un escritor emblemático de nuestra ciudad Roberto Espinoza Guzmán. El relato que verán a continuación se llama Cuento de Navidad, y fue publicado un diciembre de 1947, en las páginas de la revista “Tribunal”, que dirigía Nicolás del Toro. Espero que lo disfruten y el lunes 24 les pondré otro relato, de otro gran escritor zapotlense.
Roberto Espinoza Guzmán
(Transcripción por Fernando G. Castolo, Cronista Oficial de Zapotlán El Grande, Jalisco)
Era la noche del veinticuatro de diciembre. La más fría, la más bulliciosa, la más interminable.
En el centro comercial del pueblo, las aceras eran materialmente invadidas por las personas que acudían a los almacenes de juguetes a comprarlos para sus pequeños hijos que, quizás a esas horas ya estuvieran soñando con el grande y admirable niño que bajando de los cielos, depositaba un sin fin de regalos en sus zapatitos.
Los portales del pueblo radiaban de luz por doquiera; los aparadores de las tiendas mostrábanse llenos de vistosos juguetes y era tal la aglomeración de gente en esos momentos era casi imposible dar un paso.
Después de haber entrado a una de tantas y tantas tiendas a comprar los regalos que debía llevar a mi casa, me eché a caminar por la acera. De pronto, vi que un rapazuelo corría desaforadamente seguido de varias personas que daban grandes gritos pidiendo seguramente la ayuda de los transeúntes.
¡Cojan a ese ladronzuelo, cójanle que me ha robado…! -gritaba un hombre gordo que amenazaba al viento con su puño cerrado, al tiempo que repetía entre resoplidos de ira y cansancio la letanía suplicante de sus palabras- ¡Cojan a ese ladronzuelo, cójanle…!
Ya me animaba casi a cortarle el paso, y lo hubiera hecho, si no me lo hubiera impedido aquella carita morena asustada y surcada por las lágrimas de sus ojitos suplicantes e inquietos, que me miraron tiernamente como queriendo decir -¡Por favor señor! ¡Por favor se lo ruego, no me vaya Usted a detener!- Esto fue, como digo, lo que me impidió detener su marcha.
Dejé pues que pasara e intenté ver lo se había birlado, más no pude lograrlo. Sus perseguidores, sin ninguna esperanza de alcanzarle, dejaron por la paz aquella persecución y observé entonces, que el pequeño detenía su carrera un poco más adelante y volvía su carita hacia mí. Noté en ella como se reflejaba todo el agradecimiento que su alma de niño podía concebir con mi acción.
Ya en tales circunstancias, el muchacho me interesó bastante y quizá por la compasión que despertó en mí, quizá un poco picado por la curiosidad, me eché a seguirle por las ya silenciosas y obscuras callejas.
Después de mucho caminar, llegamos a las orillas del pueblo. Cansado por la caminata y calado hasta la médula de los huesos por el frío, decidí mejor volver a mi casa, ya que el chico no daba providencias de llegar a su hogar. Y tal vez me hubiera privado para siempre de conocer la historia del rapaz aquel, si no lo hubiera visto en esos instantes introducirse por un corralón sin paredes y dirigirse hacia un jacal, tragado casi por las sombras.
Tenía el jacal -que ni calificativo admite- casi todas las paredes derruidas y en parte estaban sustituidas por burdos cartones que dejaban filtrar una luz mortecina de algún hachón de ocote, o tal vez de un aparato de petróleo. Al mirarla así de pronto y ala regular distancia a la que yo me encontraba, la choza aquella simulaba ser un fantasma con rayas amarillas de luz. Dejé pasar unos momentos para dar tiempo a que el chico se metiera y enseguida, paso a paso y evitando hacer algún ruido que me delatara, introduje mi pobre humanidad hasta cerca del jacal.
Una de las muchas rendijas de las paredes de cartón, me sirvió de ventana a las mil maravillas, ya que aplicando el ojo por ahí, pude darme cuenta de la miseria de aquellos pobres seres. Y digo “aquellos”, porque allí también habitaba una mujer enferma, toda pálida y sucia que yacía en un lecho improvisado también con cartones viejos acomodados con algún orden y colocado directamente sobre el suelo. Ocupaba la desventurada mujer con su tendido, casi la mitad del cuartucho en que se constituía el jacal. Uno de los dos rincones sobrantes lo ocupaba la “cocina”, si es que puede llamarse así a un fogón de terrones pegados con lodo, unos cuantos jarritos de barro, y una olla mediana del mismo material. En el otro rincón -único lugar disponible para andar- vi semi-hincado al chico, que ya hacía rato contemplaba dormir a la mujer, sin atreverse a despertarla.
-¡Madre! ¡Madre! -dijo por fin el muchacho- despierta, ya vino tu hijo querido, mira lo que te he traído, con eso ya podremos comer mañana ¿Ves? Son dos grandes hogazas de pan. ¡Y que comilona nos daremos con ellas ya lo creo! ¡Vaya que será grande el festín! Y, además -exclamó metiendo la mano entre su raída camisa y entregando a la enferma que ya había despertado y que lo miraba perpleja- toma este rebozo, mira que es de pura seda, te taparás con él para que ya no tengas frío y yo durmiendo a tu lado tampoco tendré. ¡Cuánta dicha madre! Y todo esto sucede porque ahora es Noche Buena y como yo le pedí a Diosito que no nos fuera a dejar sin pan para mañana, se compadeció y nos lo ha enviado milagrosamente. ¿Verdad que Dios es muy bueno madrecita? Yo me acuerdo cuando mi papá se murió, no nos quedó ya nada en el mundo y anduvimos buscando trabajo casa por casa, ¡porque yo también lo anduve buscando! ¿Te acuerdas? Que de humillaciones sufrimos para conseguir el pan nuestro de cada día, no sé como puede ser tan mala la gente. Decían que nunca darían trabajo al hijo ni a la esposa de un presidiario, aún no me explico que cosa es eso, o que de malo puede haber en una palabra ¡presidiario! ¿Qué quiere decir presidiario madre? ¿No lo sabes? Qué lástima, yo quisiera saber porqué aborrecía todo el mundo a mi padre, ¿Pero, porqué lloras madre? ¿Tienes hambre? Ya no llores, vas a hacer que yo también empiece a soltar lágrimas y tú me has dicho que aunque tenga frío y hambre no llore que mejor pida a Diosito para que acabe pronto nuestros sufrimientos y nos lleve a su reino. Madre, ¿Qué aquel Reino del que me cuentas tanto, es muy bonito? Yo creo que debe ser como tú dices, como lo vi en la Iglesia. Era un cuadro muy hermoso lleno de nubes como de algodón y de ángeles pequeñitos, dos de ellos tenían una corona sobre la cabeza de una Señora también hermosa como los ángeles y que sostenía en los brazos un niño el cual se sonreía conmigo; otros ángeles tocaban arpas y trompetas muy brillantes, que parecían a eso que tú llamas oro. ¡Qué grandote estaba aquel cuadro madre, y qué bonito! Yo quisiera ser uno de esos ángeles para tocar todo el día la trompeta. ¡Caray, quien tuviera una trompeta de esas!
El niño hablaba y hablaba prolongando su mirada más allá de la terrible realidad de las paredes de su cuartucho, vislumbrando tal vez como reales las cosas fantásticas de su imaginación, o quizás hablando tan solo por esquivar la inquisitiva mirada de su madre que lo acusaba dulzonamente.
Luego se hizo un silencio enorme y el niño clavó la cabeza huyendo de la mirada materna. Entonces fue cuando un hilillo frágil de voz, salió de la boca de la pobre enferma para reprochar al chico.
-Hijo, no me ocultes nada, dime de donde sacaste este hermoso rebozo y estos grandes pedazos de pan…
-Yo sé que estás pensando madre -interrumpió el hijo- ya sé lo que tú crees, pero no es así. Estas cosas que te he traído, me las regaló un buen hombre que andaba en los portales haciendo sus compras. Le desperté seguramente algún buen sentimiento porque él, al verme tan desarrapado, me obsequió con eso que tú ves y me dijo: “Toma y lleva esto a tu casa para que puedan cenar ahora, este rebozo se los das de navidad a tu mamacita. Anda pues y llévalos sin tardanza”, y es asó como, madre, tomé las cosas y corrí hasta llegar aquí, temiendo que el buen hombre se fuera arrepentir y me las quitara.
Yo sonreí al darme cuenta del ingenio del rapaz aquel, puesto que los objetos que él llevara para su madre enferma, no era más que el producto de su robo. Es por esto que más me interesó el chico y seguí escuchando y viendo por una de las rendijas al mismo tiempo. En el preciso instante en que el muchacho explicaba a su madre la procedencia de los objetos, se levantó y volteó la cara hacia donde yo estaba. Por un momento creí que mi presencia ya era conocida, pero no, únicamente había hecho aquello porque le era ya imposible seguir soportando la mirada dulce pero acusadora de su madre.
-No hijo -dijo en tono muy dulce- no me quieras engañar con tus bien urdidos cuentos. Yo sé bien cuando me mientes y cuando no, ahora lo has hecho y quiero que me digas la verdad ¿De donde extrajiste estos objetos? Dímelo, no te castigaré, yo sé que lo hiciste por complacer a tu madre para que siquiera un día, el de mañana que es el del Buen Niño, no pasáramos hambre ni frío. Anda; habla, no es posible que en el mundo haya alguna persona que tenga un corazón tan bueno como para obsequiar a un desconocido nomás por que sí con cosas como las que has traído.
Noté que el pequeño se preparaba a dar alguna nueva excusa, o tal vez a confesar su robo que no podía ocultar por más tiempo. Fue entonces cuando me asaltó una idea y antes de que él hablara, me introduje al cuartucho.
Sorprendiose el chico al reconocerme y un tanto asustado me volvió a mirar con sus inquietantes ojitos llorosos muy dulcemente como queriéndome suplicar: ¡Por favor, señor, se lo ruego! ¡No le vaya usted a decir a mi madre la verdad, mire que ella es todo lo que me resta en este mundo y no quiero que pierda su fe en mí, en su hijo querido! ¡Por favor, no le diga nada…!
Adelánteme un poco para poder llegar hasta la mujer, la cual hasta ese momento se encontraba sorprendida por mi presencia y la dije así: Señora, lo que le ha dicho su hijo es cierto, yo le hice ese pequeño obsequio, pues me causó compasión la verdadera pena que se notaba en su rostro; y la pobreza con que vestía. Yo lo encontré cuando regresaba a su casa, lloroso, triste, con las manos vacías. Al momento comprendí que en todo el día no había podido conseguir un mendrugo de pan para su madre, o quizás una hermana que estaría imposibilitada para conseguirlo.
Al llegar a ese punto, la desdichada señora me interrumpió, abrazó al niño y besóle en la frente al mismo tiempo que le dijo bañándole su carita morena con lágrimas que de sus ojos corrían cristalinas y puras:
-¡Oh, hijo mío! Qué alegría, perdóname por haber dudado de tu honradez, aún tu pequeña cabecita no puede comprender la inmensa satisfacción que eso me causa! No sé cómo llegué a pensar que tú… pero no, ni a mencionar me atrevo esa palabra. ¡Gracias Dios mío! Y Usted señor, sírvase aceptar mis agradecimientos por sus dos buenas obras: la de haber obsequiado a mi hijo y la de haber venido a levantar la dude que tuve por un momento.
-Permítame Usted señora -le dije- que acabe con lo que aún tengo que contarle.
-Cuando venía tras su niño y ya casi para llegar a esta casa, me encontré a una señora que con su hijo caminaba en dirección contraria a la mía y por la acera de enfrente. Me extrañó demasiado que atravesara precisamente la calle en dirección mía. Al llegar junto a mí, una voz suave y melodiosa salió de la boca de la señora y me dijo:
-Ya sabemos a donde va Usted, no pregunte que quienes somos, lleve por favor estos paquetes y este dinero a donde Usted se dirige, entrégueselo a la señora y déle los paquetes al chico.
-Yo sé quienes eran esas personas -interrumpió el chico- ¿Qué no eran iguales a la señora que tiene un niño en sus brazos y que están en el templo? ¿Sí? Pues entonces ellos eran, ya sabía yo que el niño se había sonreído conmigo por algo.
-Sí, creo que ellos eran -repuse al tiempo que depositaba en el suelo varios paquetes con los regalos que tenía que llevar a mi casa. Saqué también algún dinero que traía en la cartera y se lo entregué a la señora que me miraba profundamente agradecida- y ahora niño, abre esa caja mientras yo ésta, veremos que es lo que te ha enviado el Niño Dios.
Ya empezaban a palidecer las estrellas por el resplandor del alba, cuando me disponía a retirarme de aquella choza. Al despedirme, la enferma mostraba todo el agradecimiento que le era posible en su cara radiante de alegría. Y al cruzar por última vez la puerta aquella, volteé la cara y observé que por tercera vez aquella carita morena y sucia del rapaz de mi cuento, me miraba con sus inquietos ojos resplandecientes, suplicantes, llenos de agradecimiento.
Ellos se sentían felices. Yo me sentía satisfecho de haber pasado en esa forma la mejor Navidad de mi vida…
(Revista quincenal “Tribuna”, Ciudad Guzmán, Jal., Diciembre 15 de 1947, pp. 2 y 8 -primera parte-, y Enero 1º de 1948, pp. 7 -segunda parte-).