: Atiendo
por: Carlos Efrén RangelLa semana pasada publiqué una columna vieja que escribí en mis primeras experiencias como escritor de columna de opinión. Mis cinco lectores, algunos, son bastante holgazanes y muy solicitadores de cosas. No comentaron nada en las últimas columnas pero sí tuvieron a bien pedirme vía correo, en persona que publicara otra de las columnas de aquellos años, concretamente recordaron la del camión. Como no me asumo dueño de este espacio, si no que es propiedad de los lectores al final no tengo más que atender su petición, ahí va aunque esta época del año no tiene nada qué ver con la descrita en las dos columnas que pidieron. Atiendo pues la solicitud.
En un camión pasajero
Por: Yuky
Olía a tacos; de papa, frijoles, picadillo y chicharrón. Hacía calor, más por todas las personas que estábamos juntas, a escasos centímetros unas de otras. Se veían caras cansadas, adormiladas, requemadas por el sol de semana santa en alguna playa del sur de Jalisco, “¡Qué envidia!”: pensé. Casi llegando a Los Mochis, yo le di buenos modales, le pregunté de dónde era, me dijo que de Nogales se escuchaba, la tele apagada. Es un camión, ruta Tequesquitlán Guadalajara.
Un tipo cree que el camión es un buen lugar para leer, el niño que viaja a un lado de él no, con su Gameboy hace ruidos extraños, no permite la concentración, menos cuando a gritos avisa a su madre y a todos los pasajeros que quiere ir al baño. El tipo del libro mejor lo guarda y mira a través de la ventana los pueblitos que van pasando, son tantos que ya ni se sabe dónde empieza uno y termina el otro.
El camión hace una parada, le vigésima segunda del viaje, se sube un vendedor de tacos, alguien pide una orden, “¿Traes chile?”- “Siéntese, ahorita se lo doy” le dice el vendedor, despierta risas en los adormilados pasajeros. Luego el camión vuelve a caminar.
Se sube una chica, minifalda negra, botas de piel y una blusa de licra, todo deja al descubierto el ombligo que se perdió en un mar de lonjas, de estrías y celulitis; la chica se sabe observada por un señor que aprovecha que su esposa duerme para ver las piernas de la morena y robusta pasajera que está de pie a la que ningún caballero dejó el asiento.
Unos minutos después la vigésima tercer parada se hace presente, bajan muchas personas: el vendedor de tacos, una señora embarazada, un señor con huaraches y sombrero, “¡Guadalajara!” grita el chofer, nadie sube. Somos menos, el calor es el mismo.
Desde Obregón a Hermosillo platicamos muy bonito, me gusta usted para amigo y se me arrimó un poquito, es la décima vez que el señor operador del camión pone esa canción: “Hace años fui pal norte, pero me regresó la migra, los más ogetes son los mexicanos que trabajan con los gringos, te tratan como si ellos no fueran de acá, cabrones. Pero me fue bien, de regreso conocí a una señora, fue mi esposa pero se anda queriendo divorciar, es que en este trabajo pasamos dos semanas fuera y nomás tenemos dos días de descanso al mes, se gana más o menos pero es una chinga”, dice el señor conductor del camión.
Don Manuel es de Morelia, ya tiene cuatro años trabajando para la empresa, el aumento en el precio del pasaje no le preocupa, dice que de cualquier forma la gente tiene que viajar, sobre todo en estas fechas de semana santa, y más en Navidad. Alguien se quejó con él de que no le hizo el descuento para estudiante, “que se lo hagan los boleteros, yo tengo familia que mantener”.
El calor es insoportable, botellas de agua ruedan vacías por el pasillo y se meten entre los asientos, el aire acondicionado se enciende, el clima mejora pero el olor empeora, huele a camión, es un olor raro, pero incluye humedad, combustible, baño, comida, humanidad.
A lo lejos en la carretera se ve una familia pidiendo la parada del camión, nos detenemos por vigésima cuarta ocasión, primero sube una niña corriendo, lleva puesto el traje de baño con flores de muchos colores y trae en su cintura el salvavidas con figuras de Barbie y Ken, el salvavidas es grande y el papá de la niña tiene que desinflarlo, la niña llora a moco y grito tendido un buen rato, deja de hacerlo justo antes de quedar dormida en los brazos de su mamá, que con mucha suavidad acaricia la frente sudada de la niña y la mira como si fuera un angelito.
Vigésima Quinta parada, sube una pareja de ancianos, rancheros, se gritonean, el hombre de le dice a la mujer que ese camión no le gusta, ella que es mejor que se vayan en ese que porque si no llegarán tarde, “pásate pues” dice el señor, luego murmura algo que nadie alcanza a entender, pero parecen insultos, justo cuando el señor se sienta, el camión hace la vigésima sexta parada.
Esta vez no fue para que alguien subiera o bajara, el camión se venía calentando mucho así que Don Manuel se detuvo y fue a revisar el agua, se preocupa porque no hace falta, luego explica que puede ser el termostato que se quedó pegado o el ventilador que está fallando. Justo cuando el camión está por arrancar los viejitos bajan, la señora lleva a su esposo a un lado del camino, lo ayuda a bajarse el cierre del pantalón y luego ella regresa al camión mientras su esposo orina: “pinche viejo loco” dice. “Eso es amor” pienso.
Continuará…
Entre las dos es enorme, pero me vale ustedes la pidieron.
En un camión pasajero
Segunda parte
Por: Yuki
Yo iba cansado y con sueño cuando subió una señora, con unos ojazos negros, de verás, encantadora. Ya perdí la cuenta de las veces que esa canción se ha repetido en el camión que viaja de Tequesquitlán a Guadalajara, lo que sí es un hecho es que los pasajeros no han cambiado desde la vigésima sexta parada.
La pareja de ancianos sigue en el camión, el señor ha regresado de su parada obligatoria y le reclama a gritos a su mujer que lo haya dejado solo orinando a la orilla del camino. “Pinche viejo loco” vuelve a decir la mujer, luego se sientan juntos, a los pocos minutos él ronca y ella recarga su cabeza en el hombro de su esposo, “eso es amor” vuelvo a pensar.
El camino se hace más lento, miles de automovilistas dejaron hasta el último día para volver a casa, se ven cansados, con los coches llenos de cachivaches comprados en la playa y cocos de donde se puedan colgar, la mayoría duerme, y algunos de los que conducen cabecean.
Dame otro beso en la boca, pero que nadie nos vea, que importa si aquí es Caborca, Agua Prieta o Canane… la canción es interrumpida por un freno brusco del camión, los pasajeros despiertan e inmediatamente se asoman por el pasillo y las ventanillas para ver qué paso, deseosos de acción, nada ha pasado las últimas cuatro horas de viaje. Patrullas, sirenas, ambulancias, un cuerpo tendido en la carretera cubierto con una sábana, un coche azul hecho pedazos y con las llantas volteando para el cielo azul de la tierra del mariachi.
“En cuatro años que llevo chambeando aquí he visto miles de choques, muertos en la carretera, de todo. A mi nunca me ha pasado, pero uno está consciente de que le puede tocar la mala en cualquier rato, tú puedes manejar muy bien, pero no falta el pendejo que se le hace fácil y vale madre. Arrieros somos y en el camino andamos. Se hubiera esperado a matarse hasta que nosotros pasáramos, ya estuviéramos llegando a Villa”, Don Manuel, el conductor del camión se queja, comparte y enseña.
Como media hora después el camión hace la vigésima séptima parada, una señora despierta a su niña dormida en sus brazos, el papá aún en el camión comienza a inflar de nueva cuenta en el salvavidas con dibujos de Barbie y Kent “ese mono es marica” dice el tipo que quería leer el libro y que el niño del Gameboy no lo dejó, “luego por eso las mujeres cuando crecen buscan a alguien como Kent: guapo, rico, tonto, siempre sonríe, viste a la moda y anda con las amigas de Barbie, que están rebuenas y el muy buey no hace nada por ligárselas” concluye.
Ya nadie sube al camión, en parte porque Don Manuel ya no se detiene, dice que ya va como dos horas tarde y que tiene que llegar a tiempo a la central para que le revisen el ventilador y el radiador, no puede regresarse a Tequesqui en la noche así con “la unidad descompuesta”, otras seis horas de viaje de regreso, quizá más tranquilas, pero más cansadas.
El ambiente comienza a oler a humo, a smog, a torta ahogada. La entrada a Guadalajara se acerca, es entonces cuando hago el recuento de las paradas que se hicieron, de las personas que subieron y me doy cuenta que ese camión que viajó al final de la semana santa de Tequesquitlán a Guadalajara es un retrato fiel del México popular.
Un México popular que no aparece en los discursos del presidente, ni en los de López Obrador. Es un México de mexicanos que sufren por el aumento de precios y las injusticias de la vida, que se matan trabajando y sacrifican a la familia, pero es un pueblo que se esfuerza por ser feliz.
Por darle una patada en el trasero a las pocas oportunidades de vivir tranquilos y estar contentos aunque sea una semana al año, viajar a la playa o a unas albercas, todo depende del bolsillo, del tiempo que dé el trabajo. Un pueblo medio agringado y renegado por eso; pero un pueblo que sabe amar, que ama a solas y en una compañía extraña pero fiel, con un amor apache hacia la vida, hacia los demás.
El camión hace la vigésima novena parada para que yo descienda de él, Guaimas y Puerto Peñasco, no crean que los he olvidado, pero es que durmió entre mis brazos, en San Luis Río Colorado, y al cantarle a sus ojazos, le canto a su lindo estado. Los viejitos también bajan del camión, “Adiós joven” me dice Don Manuel; “pinche viejo loco” dice la señora cuando su esposo camina a la escasa velocidad que le dan sus piernas,“eso es amor” pienso, luego río.
28 de Septiembre de 2007 a las 7:17
Pinche columna loca, pero que bonita. Eso es amor.
30 de Septiembre de 2007 a las 17:19
Jajaja, si, es muy buena y tiene más estilo literario que columna de opición, yo lo agregaría al archivo de cuentos.