: Abandonada
por: Carlos Efrén RangelEl último dolor fue el que le desgarró el alma. El último esfuerzo, el último suspiro. El último grito para el que ya no tenía fuerza de escucharlo, ni de decirlo, ni de compartirlo. Junto con el último grito salió de su cuerpo un pequeño pedazo de carne que apenas pesaba más de dos kilogramos. Pero ella nunca lo supo, tomó un poco de aire y envolvió a los dos kilos de vida en una toalla, salió de su casa, caminó las cuadras para las que tuvo fuerza y depositó al pedazo de gente dentro de una caja sobre un contendedor de basura. Intentó huir y una lágrima fue lo único que le pequeña conoció de su madre.
Nueve meses antes había salido de trabajar de la tienda de ropa en la que vendía prendas y ganaba por comisión, bastante tarde, lo de salir de trabajar fue un mero decir, porque desde hacía dos horas después de cerrar que ella y el dueño, se habían quedado dentro de la tienda haciendo el amor, o eso creía ella.
Poco antes de salir él había recibido una llamada de su esposa y la apuró a irse, eso la molestó y en lugar de enfilar sus pasos hacía su casa, lo hizo con su mejor amiga quien la invitó a un toro nocturno en la plaza de toros Alberto Balderas.
Fue, bebió cerveza, conoció a un joven al que la evidente embriaguez no le quitaba ni la cara de niño ni la dulzura de los ojos, bailaron y después se subió a la moto de él para irse al rumbo de la Limita, ahí en un rincón oscuro, sintió de nuevo en sus entrañas la humedad ardiente que le llenó de un gozo momentáneo y de un pánico futuro.
Cuando al final del mes no pasaba lo mismo que siempre, se preocupó. Entró un shock cuando una prueba barata de embarazo le comprobó la sospecha; el jefe amante fingió no darse por enterado y convenció a su esposa para despedirla, el mensaje fue muy claro y no había lugar a dudas: No le interesaba ni ella ni su hijo ¿sería de él? No saberlo le causaba vergüenza.
La mentira a sus padres la sostuvo sólo cuatro meses, tiempo en el que no salió, en el que no vio a nadie, y sólo a través de la radio se enteró de las incidencias del Carnaval, del cambio de gobierno, de tantas cosas. A los cinco meses su padre la abofeteó y la llamó igual que como ella se sentía, pero que no era lo suficientemente fuerte para aceptarlo: Puta.
Puta por acostarse con un casado. Puta y pendeja por no usar condón. Puta y borracha por aquella noche de Plaza de Toros: puta y fue demasiado peso para ella.
Decidió salirse de su casa, encontró un departamento minúsculo con una ridícula renta al mes, quizá tenía qué ver que la dueña era una vieja amiga de la familia, quizá ella nunca se enteró que su padre pagaba la mitad.
Ella, la futura madre, sobrevivió cinco meses con veinte mil pesos que llevaba ahorrados para comprarse una moto y con 10 mil que el dueño de la tienda de ropa le dio para que ya no estuviera jodiendo. Quería abortar. Nunca encontró la manera.
Cuando supo que ya era imposible el aborto, y sentía crecer sano y fuerte al hijo que llevaba dentro, comenzó a leer cuanta cosa conseguía de partos, de embarazos, así aprendió que un alumbramiento sin dificultades no era tan difícil de atender: mejor sentada, muchos trapos, una navaja filosa y pedazos de tela para amarrar el ombligo.
Un teléfono celular en la misma mesa para llamar a la Cruz Roja en caso de que ella sola no pudiera. Pero sí pudo, sí pudo aprender, sí pudo ella sola con la carga de parir.
Y ahí en el último dolor que le desgarró el alma, en el último esfuerzo, en el último suspiro. En el último grito para el que ya no tuvo fuerza de escucharlo, ni de decirlo, ni de compartirlo. Entendió que ese dolor duraría una vida. Y decidió dejar el dolor envuelto en una toalla, aún sucio. Aún oliendo a sangre y a placenta.
La lágrima que su hija conoció de ella, se prolongó por muchas horas, un día y medio, hasta que el noticiero de la radio, anunció que trabajadores de limpieza habían encontrado una niña en el contenedor afuera de un salón de fiestas, que la pequeña fue trasladada al IMSS, que se encontraba estable, que era un encanto de niña y que ya había decenas de familias sin hijos dispuestos a adoptarla.
La historia previa es ficticia. El hecho es verdadero y ha conmocionado a la ciudad: el abandono de una recién nacida en el cruce de las calles Brizuela y Antonio Rosales de Autlán. Los calificativos a la madre son crueles. El hecho es inhumano, lo que nos debemos preguntar es qué le tiene que pasar a alguien para que abandone a su hija. Justamente a esto me refería el miércoles. Pero bueno, la ficción siempre estará ahí para suavizar las cosas, para hacer reflexionar y para buscar una explicación más humana de lo inhumano.
Hasta el lunes, en esta columna hoy triste pero de la que la vida que se negó a perder de esta niña llena de esperanza.
27 de Abril de 2007 a las 11:25
Mucho que reflexionar y poco que decir. La reflexión es de todos, la sociedad en su conjunto, pues quien más quien menos existe culpabilidad. Padres que no guiamos, Curas que nomás hablan, Diputados levantamanos, ricos sin escrúpulos, violencia, drogadicción… etc. etc.
29 de Abril de 2007 a las 17:47
Alguna vez en el DIF de Tonalá, escuché a una mamá decir que ella no sabía que hacer con su hijo, en un principio quería abortarlo y después regalarlo, pero no quería quedarse con el, pues desde el principio sabía que junto a ella no le esperaba nada bueno, no le podría alimentar, ni dar escuela, ni dar nada de lo que un niño tiene derecho, y prefería abandonarlo para que alguien más cuidara de él o regalarlo y yo vi que lo decía con todo el dolor de su alma, entonces me pregunto, ¿desprenderse por esos motivos de un hijo puede considerarse también como un acto de amor?, a veces pienso que si, ella deseaba lo mejor para su hijo y creo que por eso lo ofreció en adopción.
Definitivamente creo que es una desición muy ficil y no podemos juzgar porque no conocemos sus motivos.
11 de Mayo de 2007 a las 6:07
[...] olvides felicitar a la madre de la pequeña abandonada en días pasados en un contenedor de basura, y háganme el favor estimados cinco lectores de no [...]